Lo que está pasando
Revista Electrónica editada por la Asociación Club del Lector, inscrita en el Registro de Asociaciones de la Comunidad de Madrid, nº 28826.
  
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La armonía de la Cuaresma
Ángel Cabrero Ugarte

    

La Cuaresma es el momento más adecuado para buscar la armonía de la vida. Es la ocasión de acallar las estridencias, retocar los desajustes, templar las faltas de tono. En el correr de la vida desafinamos mucho y con demasiada frecuencia. Corremos tanto que el alma se desencaja.

 

La oración es temple, es abrir el corazón a Dios, y en esa luz es donde contemplamos el caos. Es entonces el momento de apretar clavijas, con espíritu de penitencia. Tiempo de darle al cuerpo un poco menos de lo que pide. Es el plazo de deshacer entuertos con un empeño de misericordia, que a veces es simplemente rehacer la justicia.

 

El desorden es egoísmo, la generosidad armonía, y siendo generosos vemos la vida de una forma mucho más bella. La humildad es reconocimiento del propio error y nos hace verdaderos y auténticos, y entonces la existencia empieza a ser melodiosa, más lógica, más agraciada.

 

Quien piensa que la penitencia es masoquismo es porque no tiene conciencia del destrozo ocasionado en su alocada carrera. Quien no sabe ser misericordioso es porque nunca experimentó que "hay más dicha en dar que en recibir". Quítate de caprichos y gastos excesivos y dáselo a los pobres, empezarás a conocer lo que es concordia interior, encuentro con la divinidad.

 

Hace falta perspectiva para ver los colores y las formas. Hay que subirse a la Cruz para verlo todo desde arriba. Triunfar con Cristo desde el patíbulo. Desde ese punto de vista no llamarás éxitos a tus abusos. Se te helará la sonrisa ante tus excentricidades. Observarás sin engaños el desorden.

 

Solo desde de Cristo, desde la oración y la penitencia podrás conocerte y dar el primer paso hacia la humildad. Solo desde la humillación llegarás a la sinceridad de corazón y al auténtico conocimiento. No hay nada más triste que el ciego que no se ve, que no se conoce, y es demasiado frecuente, porque la soberbia ciega.

 

Sólo si te acercas al Crucificado podrás reconocer tus miserias y pedir perdón. Como escribió Juan Pablo II: "El hombre que se arrodilla en el confesionario para manifestar sus culpas, subraya en ese particular momento su dignidad de hombre. Con independencia de cuanto pesen sus culpas sobre su conciencia, de cuanto hayan humillado su dignidad, el acto mismo de la confesión en la verdad, acto de conversión a Dios, manifiesta la particular dignidad del hombre, su grandeza espiritual"[1].

 

Ángel Cabrero Ugarte

 

Radio Intereconomía, 29 de febrero de 2008, 20,15 horas

 

 

Para leer más:

 

Hahn, S. (2006) Señor, ten piedad, Madrid, Rialp

Manglano, J.P. (2006) El libro de la confesión, Barcelona, Planeta

Nouwen, H. (1999) El regreso del hijo pródigo, Madrid, PPC

Cañardo, S. (2003) ¿Necesita Dios de un hombre para perdonarme?, Barcelona, Desclée de Brouwer

 



[1] Wojtyla, K. (1979) Signo de contradicción, Madrid, BAC, p. 182

29-02-2008









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