Lo que está pasando
Revista Electrónica editada por la Asociación Club del Lector, inscrita en el Registro de Asociaciones de la Comunidad de Madrid, nº 28826.
  
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Los lapsi
José Carlos Martín de la Hoz

    

            En el año 250, durante el reinado de Decio se desencadenó una violenta persecución contra los cristianos en todo el Imperio romano. En ella, se produjeron mártires, lapsi, renegados que apostaron para salvar la vida, y libetalici, que lograron el libelo de haber sacrificado sin, en realidad, haberlo hecho. Al terminar la persecución, San Cipriano redactó un tratado, que seguidamente queremos comentar.

            La prueba fue dura, por eso comienza por alabar y agradecer a los confesores y a los mártires su generosa entrega: "La voz de vuestra fe proclamó a Cristo, en quien había confesado creer siempre; aquellas manos ilustres, ocupadas tan sólo en las obras de Dios, se negaron a realizar sacrificios sacrílegos; aquellas bocas santificadas por el alimento divino del Cuerpo y de la Sangre del Señor, desdeñaron contagiarse con profanas libaciones y con los deshechos sacrificados a los ídolos; vuestras cabezas se mantuvieron libres del impío y criminoso velo con que se cubrían allí las cabezas esclavas de los que sacrificaban; vuestra frente purificada con el signo de Dios, rechazó la corona del diablo reservándose para la corona del Señor"( 2, p.50).

            Pero, también, debe referirse al numeroso grupo de los lapsi, los renegados: "Más convenientes son las lágrimas que las palabras para expresar el dolor, con que se debe deplorar la herida abierta en nuestro cuerpo por la lamentable defección de lo que antes era un pueblo numeroso" (4, p.51). Ante ese hecho, doloroso, San Cipriano se dispone a examinarlo con hondura: "Si llegamos a conocer la causa del desastre, hallaremos también el remedio para su herida. El Señor quiso probar esta su familia. La prolongada paz nos había aflojado las enseñanzas que habíamos recibido de Dios y la justicia del cielo levantó nuestra fe yacente, casi diré dormida, y aunque merecíamos mayor castigo por nuestros pecados, sin embargo, Dios clementísimo moderó todas las cosas de manera que todo cuanto ha sucedido más se parece a una prueba que a una persecución" (5, p.52).

            Seguidamente, San Cipriano, debe levantar su voz, ante los intentos de algunos de los lapsi de relativizar sus actos.            Inmediatamente sale al paso del ánimo condescendiente con que algunos sacerdotes aceptaban sin más a los renegados entre las filas del Señor. Es necesario profundizar y no dar soluciones falsas al pecado de apostasía. Por tanto, añade, hay que sondear la conciencia del caído y buscar el arrepentimiento: "Examinemos nuestras culpas, revisemos nuestros actos y las reconditeces de nuestro ánimo; midamos lo que grava nuestra conciencia"( 21, pp.64-65). Así pues hace San Cipriano una seria llamada a la penitencia: "Os lo pido hermanos, que confiese cada uno sus pecados mientras está en esta vida, mientras puede ser recibida su confesión, mientras su satisfacción y absolución pueden ser gratas a Dios. Convirtámonos al Señor de todo corazón, y expresando con verdadera compunción el dolor de las faltas, imploremos la misericordia de Dios" (9, p.70). Una penitencia que lleve a un cambio de vida. Y termina con estas palabras: "Quien satisficiera así a Dios, quien hiciera así penitencia por su delito, quien sufriese más por su traición a la virtud y a la fe que por la vergüenza de haber faltado, ése será escuchado y ayudado por el Señor y habrá ahora alegría a la Iglesia a la que había contristado entonces, y merecerá no sólo el perdón de Dios, sino también la misma corona" ( 36, p.75).

 

José Carlos Martín de la Hoz

 

San Cipriano, De lapsi, ed. Apostolado mariano, Sevilla 1991,

 

11-10-2008









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