Lo que está pasando
Revista Electrónica editada por la Asociación Club del Lector, inscrita en el Registro de Asociaciones de la Comunidad de Madrid, nº 28826.
  
 Relatos inéditos  
Historias de la dehesa extremeña. Barro traicionero

    

Era en invierno. Había llovido mucho pero aquella mañana amaneció con el cielo más claro, mas abierto de nubes.

 

Serían por los años cincuenta, yo tenía tres hijos y  poco más de treinta años. El mayor de unos diez años y las otras dos, que eran niñas, siete y seis.

 

A mí me gustaban mucho los paseos por la dehesa de Extremadura pues era muy grande y a veces nos perdíamos, lo que daba más emoción a lo que yo llamaba excursión- aventura para animar a mis hijos y a dos sobrinas de la misma edad a acompañarme, cosa que yo aprovechaba para  enseñarles lo que era el tomillo, el romero, la abubilla, la perdiz,  cómo se hacía el carbón de encina y la diferencia entre esta y un alcornoque.

 

No era difícil; nada mas probar las bellotas de una y otro se les quedaba grabado el sabor dulzón y lechoso de la primera y el amargo del que producía el corcho; siempre arrancábamos unos trozos para hacer el Nacimiento.

 

Por aquella época, y partiendo la finca en dos, de arriba abajo, se estaba haciendo una inmensa y larga zanja de unos ocho metros de ancho y cinco de profundidad.

 

Por lo visto los profesionales que la hacían se confundieron y no era por aquél sitio por donde debía ir el canal de agua, que eso era la enorme zanja, para poner en regadío aquellas vegas bajas de la dehesa extremeña. Entonces tuvieron que rellenarla con tierra y piedras.

 

Al haber llovido tanto, la dehesa estaba cubierta de hierba y no se notaba por donde iba la zanja; desde luego nosotros no nos dimos cuenta.

 

El mayor, para imitar a los hombres del campo, llevaba una vara muy larga, iba corriendo bastante por delante de nosotros, como abriendo camino con un cierto aire protector de las cinco mujeres que íbamos detrás y de vez en cuando nos daba la "novedad".

 

Cuando llegamos a la zona rellena, como no se diferenciaba del resto, seguimos de frente. Un mastín que nos acompañaba tomó la delantera y atravesó la zona rellena, oculta por la vegetación.

 

Inmediatamente, a los dos pasos, me di cuenta que no podía levantar una pierna y al intentar sacarla la otra me hundía cada vez más.

 

Las niñas como pesaban menos, aunque se hundían algo podían salir  y al estar tan asustadas empezaron a gritar y a agarrarse a mí lo que era mucho peor pues me di cuenta de que me iba hundiendo poco a poco y el barro me llegaba a la cintura. Pensé que me iba a morir ahogada en el barro.

 

Mi hijo, que estaba muy lejos, al oír los gritos nos miró y sin saber lo que pasaba volvió corriendo hacia nosotros y desde la orilla de aquel pedazo de  campo húmedo y blando alargó hacia mi el palo largo que llevaba y me dijo: ¡Mamá! ¡Agárrate al palo y échate hacia delante! Así lo hice y tirando con todas sus fuerzas, las de un niño de poco más de diez años, pudo arrastrarme y sacarme del cenagal.

 

De esa forma me salvó mi hijo de una terrible muerte.

 

Cuando llegamos al cortijo y mi padre se enteró de lo que había pasado se puso muy serio pero no tenía cara de enfado, más bien de dolor y preocupación. Al día siguiente nos dijo que no pudo dormir en toda la noche pues precisamente por aquel mismo lugar había atravesado una vaca que se hundió y ni siquiera los vaqueros con sogas pudieron sacarla. Finalmente desapareció de la vista de aquellos asombrados y curtidos hombres del campo extremeño.

 

Esta es una de las muchas historias de la dehesa de Extremadura pero ya a mis más de noventa años no sé si escribirlas.

 

 

Pilar Carazo.

Badajoz. Noviembre, 2006.

 

25-11-2006









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