Era en invierno. Había llovido mucho pero
aquella mañana amaneció con el cielo más claro, mas abierto de nubes.
Serían por los años cincuenta, yo tenía tres
hijos y poco más de treinta años. El
mayor de unos diez años y las otras dos, que eran niñas, siete y seis.
A mí me gustaban mucho los paseos por la
dehesa de Extremadura pues era muy grande y a veces nos perdíamos, lo que daba
más emoción a lo que yo llamaba excursión- aventura para animar a mis hijos y a
dos sobrinas de la misma edad a acompañarme, cosa que yo aprovechaba para enseñarles lo que era el tomillo, el romero,
la abubilla, la perdiz, cómo se hacía el
carbón de encina y la diferencia entre esta y un alcornoque.
No era difícil; nada mas probar las bellotas
de una y otro se les quedaba grabado el sabor dulzón y lechoso de la primera y
el amargo del que producía el corcho; siempre arrancábamos unos trozos para hacer
el Nacimiento.
Por aquella época, y partiendo la finca en
dos, de arriba abajo, se estaba haciendo una inmensa y larga zanja de unos ocho
metros de ancho y cinco de profundidad.
Por lo visto los profesionales que la hacían
se confundieron y no era por aquél sitio por donde debía ir el canal de agua,
que eso era la enorme zanja, para poner en regadío aquellas vegas bajas de la
dehesa extremeña. Entonces tuvieron que rellenarla con tierra y piedras.
Al haber llovido tanto, la dehesa estaba cubierta
de hierba y no se notaba por donde iba la zanja; desde luego nosotros no nos
dimos cuenta.
El mayor, para imitar a los hombres del
campo, llevaba una vara muy larga, iba corriendo bastante por delante de
nosotros, como abriendo camino con un cierto aire protector de las cinco
mujeres que íbamos detrás y de vez en cuando nos daba la "novedad".
Cuando llegamos a la zona rellena, como no se
diferenciaba del resto, seguimos de frente. Un mastín que nos acompañaba tomó
la delantera y atravesó la zona rellena, oculta por la vegetación.
Inmediatamente, a los dos pasos, me di cuenta
que no podía levantar una pierna y al intentar sacarla la otra me hundía cada
vez más.
Las niñas como pesaban menos, aunque se
hundían algo podían salir y al estar tan
asustadas empezaron a gritar y a agarrarse a mí lo que era mucho peor pues me
di cuenta de que me iba hundiendo poco a poco y el barro me llegaba a la
cintura. Pensé que me iba a morir ahogada en el barro.
Mi hijo, que estaba muy lejos, al oír los
gritos nos miró y sin saber lo que pasaba volvió corriendo hacia nosotros y
desde la orilla de aquel pedazo de campo
húmedo y blando alargó hacia mi el palo largo que
llevaba y me dijo: ¡Mamá! ¡Agárrate al palo y échate hacia delante! Así lo hice
y tirando con todas sus fuerzas, las de un niño de poco más de diez años, pudo
arrastrarme y sacarme del cenagal.
De esa forma me salvó mi hijo de una terrible
muerte.
Cuando llegamos al cortijo y mi padre se
enteró de lo que había pasado se puso muy serio pero no tenía cara de enfado,
más bien de dolor y preocupación. Al día siguiente nos dijo que no pudo dormir
en toda la noche pues precisamente por aquel mismo lugar había atravesado una
vaca que se hundió y ni siquiera los vaqueros con sogas pudieron sacarla.
Finalmente desapareció de la vista de aquellos asombrados y curtidos hombres
del campo extremeño.
Esta es una de las muchas historias de la
dehesa de Extremadura pero ya a mis más de noventa años no sé si escribirlas.
Pilar Carazo.
Badajoz. Noviembre, 2006.