Después
de comentar abiertamente la inexistencia de pieles sin algo cicatrizado, me
junté las uñas de la mano izquierda contra la misma palma. Con esta postura me
mantuve durante cinco o seis segundos. Hasta que observé que la hondura sería
suficiente. Separé entonces los partes de mi que
simulaban ser ruedas dentadas de un reloj. Enclavadas contra la piel más copada
por el desatino de los traidores, se mostraron las marcas, no como averías de
una mano dañada ¡eran sus mismos ojos! Recién nacidos.
No
podía dejarla sin más. Me propuse crearle el resto, una forma desde la que
pudiera contar, al menos, con una garganta adueñada. Miré después como se
trataba del cuerpo de una cometa. De su cuerda, con un ángel que, bien
agarrado, miraba rabioso al sol con las piernas abiertas. Con sólo esto no
podía saber qué ocurría más tarde. Aún así, nunca resultó una mala noticia el
movimiento hacía ninguna llegada. ¿Quién esperaba a los ángeles arriba?
De
todas las maneras y aunque pasen años de este febril enclavamiento a las nubes,
(absolutamente) nadie conocerá la verdad sobre la mosca. Se movía, arrebatada,
dentro de la presión mejor acondicionada. Y yo me decía "¡que lástima
llamar poseída a un animal enjaulado
por cantar a la fiebre de la esperanza!".
Paloma
Palazuelos