Es muy interesante descubrir cómo Jesucristo una y otra vez se dirigía a los que le seguían y, en general, a todos los hombres y mujeres que se cruzaban en su camino, una invitación a establecer una relación de amistad y de amor.
Incluso, a veces reclamaba de ellos decisiones radicales de fidelidad. De esa manera dejaba claro que el seguimiento de Jesucristo exigía un cambio de vida y obediencia al amor de Dios. Uno de esos momentos difíciles tuvo lugar después del milagro de la multiplicación de los panes y de los peces, cuando les puso ante la tesitura de aceptar el misterio de la eucaristía o negarlo. Parece como si el señor estuviera dispuesto a empezar de nuevo con otros discípulos que aceptaran una relación de confianza total en Él y en su palabra.
Ante la pregunta de Jesús: “¿También vosotros queréis iros?”, Pedro preguntó: “¿Adónde iríamos? Solo tú tienes palabras de vida eterna” (Io 6, 68). La pregunta de Pedro es significativa de que se habían enterado bien delante de quien estaban y, por tanto, que la relación que les pedía no tenía fecha de caducidad, ni era por un tiempo ni siquiera una unión a prueba.
La relación personal que Dios ha deseado establecer con nosotros mediante el bautismo, y que hemos señalado en la pregunta anterior, es increíblemente real, una relación de amor y el amor de Dios es eterno: fuerte como la muerte y no se apaga nunca.
Mons. César Franco, obispo de Segovia acaba de publicar un magnífico trabajo sobre la personalidad humana y divina de Jesús, donde al final del prólogo señalaba: “En su sentido más genuino, la resurrección saca a la luz la humanidad de Jesús y pone al descubierto la riqueza de su personalidad única. Lo más propio de Juan es que permite al lector entrar en el ámbito de la intimidad con Jesús con una percepción más viva y detallada de sus sentimientos y afectos que desea comunicar a los demás” (27).
Indudablemente, conviene resaltar que la identidad con Dios Padre se mostrará en los milagros y en todas las enseñanzas de Jesús. La relación con Dios Padre es total: “enseña lo que enseña el Padre” (45). Por eso, cuando tiene lugar la pesca milagrosa. Juan exclamará con sencillez: “Es el Señor”. Ninguno le preguntará ¿Quién es? (Io 21, 12).
La referencia al drama divino y humano de Jesús tal y como lo describe el cuarto evangelio patentiza el deseo de Jesucristo de que el discípulo tome su cruz y le siga para llegar al cielo (51). Así pues, como en los autos sacramentales de Calderón “todo converge en la acción de Dios en el mundo, donde el hombre y Cristo son actores esenciales” (52). Enseguida añadirá: “La tensión crece a medida que el relato se acerca al momento culminante de la pasión” (57). Como profetiza Caifás: “Conviene que muera un solo hombre por el pueblo” (Io 18, 14).
Asimismo, el exhaustivo estudio de la crítica interna de Juan y las excavaciones arqueológicas han dado la razón a Juan frente a los detractores ilustrados que le acusaban de no conocer Palestina y Jerusalén (61). Finalmente, hemos de mencionar el extraordinario capítulo sobre los milagros. Piedra capital del evangelio de Juan donde se apoyan muchos argumentos a favor de la divinidad de Jesucristo y donde se justifica su autoridad (75).
José Carlos Martín de la Hoz
Cesar Franco, La vida de Jesús según Juan, Encuentro, Madrid 2023, 274 pp.